¿Diplomacia feminista y familias en el exterior? Una reflexión desde la experiencia
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Compartimos una carta enviada de forma anónima a la AFD sobre los desafíos profesionales y personales que afrontan muchas familias del Servicio Exterior. La AFD publica este texto por su interés para el debate y la reflexión, que aportan una mirada personal sobre una realidad compartida por muchas familias que han acompañado la acción exterior a lo largo de los años.
DIPLOMACIA FEMINISTA: CUANDO EL ESLOGAN VIAJA EN PRIMERA CLASE
Hay conceptos que, a fuerza de repetirse, terminan convirtiéndose en una especie de mantra institucional. Uno de ellos es la llamada “diplomacia feminista”, elevada en los últimos años a categoría de seña de identidad de la política exterior española. El término se menciona en discursos, conferencias, documentos estratégicos y publicaciones en redes sociales con una frecuencia que haría pensar que España se encuentra a la vanguardia mundial de la igualdad de género.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre una política pública y una campaña de comunicación: la primera transforma realidades; la segunda transforma percepciones.
La pregunta es si la diplomacia feminista española pertenece realmente a la primera categoría o se ha instalado cómodamente en la segunda.
Porque detrás de la retórica oficial existe una realidad que el MAEC ha ignorado desde siempre. Cuando una familia del servicio exterior es destinada al extranjero, quien asume el coste profesional y emocional de esa movilidad sigue siendo la mujer. Son ellas quienes, en una proporción abrumadoramente superior, interrumpen carreras profesionales, renuncian a ascensos, abandonan empleos estables o aceptan largos periodos de inactividad laboral para acompañar a sus familias. Es verdad que cada vez más hombres chocan con esta realidad de abandono institucional, pero justamente de igualdad va la cosa.
Durante años se les ha pedido flexibilidad, capacidad de adaptación y espíritu de sacrificio. Lo que rara vez se menciona es el precio económico y emocional de esa decisión. Cada traslado implica pérdida de cotizaciones, incertidumbre laboral al ser prácticamente imposible reincorporarse al mercado laboral en igualdad de condiciones tras años en el exterior y una progresiva erosión de la independencia económica. En numerosos casos, las consecuencias llegan años después, cuando aparecen pensiones más bajas, carreras profesionales irrecuperables o situaciones de dependencia económica que dificultan incluso denunciar relaciones abusivas o romper vínculos personales insostenibles.
Si la igualdad o el feminismo consisten en garantizar que las mujeres puedan desarrollar sus proyectos vitales en condiciones de libertad e independencia económica, resulta legítimo preguntarse por qué esta realidad permanece prácticamente ausente de la agenda política e institucional del MAEC en un país que se presenta como referente en esta materia.
La contradicción se vuelve aún más llamativa cuando aparecen problemas relacionados con la protección sanitaria. Existen situaciones en las que personas desplazadas al exterior pierden derechos asistenciales al percibir ingresos. Son circunstancias conocidas desde hace años que difícilmente encajan con la imagen de una administración que aspira a convertirse en referente internacional de las políticas de igualdad. En algunos casos, esta situación obliga a contratar costosos seguros médicos internacionales con recursos propios, profundizando aún más la dependencia económica que supuestamente se pretende combatir.
Porque el feminismo institucional debería empezar por mirar dentro de casa.
Además, no puede decirse que la Administración desconozca esta realidad desde hace décadas conocida. La normativa que regula el Servicio Exterior reconoce expresamente la importancia de las familias en el desempeño de la acción exterior del Estado. El Reglamento de la Función Pública en el Servicio Exterior establece que:
"La Administración tendrá especialmente en cuenta las condiciones de vida en los distintos países, así como las necesidades derivadas de la unidad familiar del personal destinado en el exterior, procurando facilitar su adecuada atención y bienestar."
No se trata, por tanto, de una reivindicación nueva ni de una demanda extravagante. Es un principio recogido por la propia Administración. El problema no es la ausencia de reconocimiento formal, sino la distancia entre lo que se proclama y la realidad.
Resulta difícil impartir lecciones al mundo sobre empoderamiento femenino mientras se ignoran las consecuencias que determinadas políticas públicas tienen sobre miles de mujeres que han sostenido durante décadas la presencia de España en el exterior desde una posición de absoluta invisibilidad.
Quizá la mejor definición de la actual diplomacia feminista española sea precisamente esa: una política que reconoce los problemas en sus reglamentos, los celebra en sus discursos, pero sigue sin resolverlos en la práctica.
Porque la igualdad no se mide por el número de publicaciones en Instagram o X, ni por la cantidad de veces que una expresión aparece en un discurso oficial. Se mide por la capacidad de eliminar obstáculos reales, corregir injusticias concretas y mejorar la vida de las mujeres.
Vaya este texto dedicado a todas las mujeres y hombres que acompañan a sus parejas destinadas en el exterior: militares, profesores, diplomáticos, técnicos, cooperantes, así como tantos otros profesionales que representan a España fuera de nuestras fronteras.
A quienes renuncian, se adaptan, recomienzan una y otra vez y sostienen desde la sombra una parte esencial de la presencia de España en el mundo. A quienes, mientras contribuyen indirectamente al servicio de nuestro país, soportan con demasiada frecuencia la indiferencia y el abandono de unas instituciones que deberían reconocer y proteger mejor su esfuerzo.
Su contribución rara vez aparece en los discursos oficiales, pero sin ellos muchas de esas misiones simplemente no serían posibles.
Mi admiración, respeto y reconocimiento para todas ellas.
Junta AFD





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